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Dom, Sep

OPINION

Las capacidades de las plantas, afirmadas,entre otros muchos, por los especialistas mencionados en la primera parte del opúsculo, aun cuando limitadas a unas condiciones y a ámbitos muy restringidos, tienen la virtualidad de asombrar a la mayor parte de loscomunes homos, puesto que además comunicarse entre ellas y con los bichos aliados, o desplazarse, son susceptibles de estados afectivos, según los estudios que comenzaron con el alemán Gustav Theodor Fechner, hacía 1848, convencido como estaba de la dotación anímica y emocional de los vegetales, postulado que sustentaba, básicamente, en la activación del metabolismo interno en correspondencia a sucesos externos.

En este orden de ideas, cabe colacionar que en la literatura botánica figuran muchos estudios de los que, no obstante la controversia de otros que se les han enfrentado, inferimos  que las plantas se desarrollan con más vitalidad cuando, por ejemplo, se les proporciona una música armoniosa que cuando se le presenta un concierto de sonidos rechinantes, eventualidad que provoca la disminución de la salud vegetal  (Bose, 1906; Singh 1963; Retallack, 1973), ya que, no en vano y no necesariamente por ello, algunos vegetales cuentan con algún rudimentario sistema visual (F. Darwin, 1908; Mancuso, 2015); tal vez, coordinado con un primitivo centro nervioso que bien pudiera hallarse en las raíces, (C.Darwin, 1880;  Szinexx, 2008; Baluska 2017).

A la vista de los atributos de cuasi-animales de las especies del reino vegetal, no es de extrañar que,en tanto que seres provistos de vida sensible, algunos Estados como Suiza oEcuador, hayan regulado acerca de los derechos de las plantas, e incluso, desde algún grupo de interés se haya propuesto una declaración universal de derechos de las plantas.

Persuadidos del tan abundante cúmulo de propiedades, sobre todo experienciales,  próximas a la que debieron ser las incipientemente humanas, no debe extrañarnos que un ficus señalara al bárbaroque destrozara al otro ejemplar de morácea del que, la primera, tengo para mí, debería estar enamorado, pues de otro modo no se comprende la rabia delatoria con la que se produjo  la identificación. Ciertamente, hacia finales de la década de los años sesenta del siglo pasado, parece ser que Cleve Backster,  un poligrafista americano, colocó varias plantas rododendro en una habitación, tras lo cual uno de los estudiantes debería aniquilar, en secreto, a una de aquellas azaleas dispuestas al efecto. Consumada la fechoría, el investigador  ordenó que entraran los colaboradores, uno a uno,  en la estancia donde estaban (suponemos que nerviosos) los vegetales indemnes que presenciaron el “planticidio”, a todos los cuales se les tomaron medidas radioeléctricas en distintos puntos de la anatomía floral, dándose el casos de que sólo delante de uno de los estudiantes (el “planticida”), se disparaban las mediciones en cada una de las azaleas que se salvarosn.  Il y a le criminel. Tras el relato vegetabilis ius,  sobreviene la reflexión de gran Ortega,  quien con otras palabras decía, que la inmensidad de todo lo existente podía ser apreciada reduciendo el mundo a su jardín.