20
Sáb, Oct

OPINION

Para el profesor de neuro-biología vegetal de la Universidad de Florencia, Stefano Mancuso, autor del libro “Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal”, la familia de las  judías (phaseolusvulgaris) son las más habladoras de todas las plantas, puesto que  “cotorrean”  más mensajes químicos que ninguna otra, en forma de moléculas volátiles, de suerte que si un insecto ataca a la legumbre, ésta, a modo de estación de radio, difunde avisos   a los depredadores del bicho atacante, que responden a la llamada del frijol agredido.

Sí señor, estupefacto quedará algún lector al conocer que, según el citado especialista, además de propagar “SOS vegetarianos”,  “las judías se comunican con los animales”, enturbiando el medio con “miles de mensajes”; y, además, duermen, engañan y se comportan, tengo para mí, que mejor que sus compañeras “las carnívoras”, (utricularia, genlisea, sarracenia, …); o que, las venenosas, por cierto mucho más abundantes.

Pese a que los estudios más exhaustivos se hayan llevado a cabo en las últimas décadas, las capacidades de  los miembros del reino vegetal  ya fueron advertidas por los incipientes botánicos de la antigua Grecia, tales como Aristóteles o Teofrasto de Lesbos, quienes afirmaron la dotación anímica de las plantas;  eventualidad que no sorprendería al médico español Alfredo Opisso y Viñas, que en torno a 1.880, aseguraba que “más extraordinario aún (es) la facultad que tienen ciertas plantas de poder hablar, como si estuviesen dotadas de la tercera circunvolución frontal del hemisferio cerebral izquierdo, según Broca”; por lo que en estos extremos, en fin,  no  extraña que Hipócrates, como parece,  recomendara a sus alumnos que conversaran con las plantas que después prescribiría.

Más aún, el naturalista sueco Carlos Linneo estaba convencido de la semejanza entre las plantas y las bestias, con la única diferencia de la inmovilidad de la flora; limitación que más tarde fue desmentida, primero,  por Charles Darwin, que en tal sentido publicó, en 1.865, la obra “Los movimientos y costumbres de las plantas trepadoras”; y segundo, por el autor de un tratado de psicología de las plantas (1.909), Heinrich Francé, quien señalaría que los vegetales se mueven como los animales, sólo que a un ritmo más lento.

Conocido que le hubiera sido tal estado de cosas, “mi ficus galopa y corta el viento”, habría cantado la garbosa Estrellita Castro, en 1.933; ¡Ay, si los pinos hablaran!, decía la popular sevillana de los Romeros de la Puebla, en 1.972; ¡ay, si escucháramos con más atención!, vienen repitiendo otros desde antaño.

(Vistas las propiedades que poseen las plantas, una desinteresada recomendación presentamos al lector: si cualquier día ve usted venir de frente a un fresno, a un geranio o una mata de verdolaga, ¡salude, salude con naturalidad!)