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Lun, Jul

En torno al discernimiento del mensaje que motiva la publicación de la segunda parte del presente opúsculo, atinente al fomento de la bibliofilia infantil, no podemos omitir la contribución de Fernández Enguita, autor de más de una veintena de libros sobre educación, al señalar que “La biblioteca es, ante todo, un indicador, además de un componente, del capital cultural y escolar de la familia. Si un niño ve a sus padres leer interesados, ensimismados, riendo, etcétera, quiere aprender antes; y estos le incentivan. Y la escuela empieza masivamente por y gira hasta el final en torno a la lecto-escritura, que además es el caldo perfecto para el efecto Mateo,  (esto es), eso de que los ricos se hacen más ricos y viceversa, ya que como pregona Alfonso Echazarra, especialista del área de educación de la OCDE, “no es fácil ser pobre y tener más de 500 libros en el salón”, afirmación que podrá cuestionar algún descerebrado  apuntando a qué fue primero.

Cuenta el erudito predicador jesuita francés, Jacques Bénigne Bossuet, que las bibliotecas en Egipto eran las boticas del alma pues en ellas se curaba la ignorancia, la más peligrosa de las enfermedades. Ciertamente, así habría de ser puesto que la de Alejandría, capital de las tierras del Nilo,  fue la más grande biblioteca de la historia, habiendo dispuesto de un fondo cercano al millón de obras luego que, al decir de Plutarco, se incorporasen los 200.000 volúmenes de la de Pérgamo, por orden de Marco Aurelio.

A algunos, en su recorrido vital, comprendido entre la primera  oscuridad en que se erige la  nada desde la que se llega al ser; y, la segunda, que continua tras el breve intermedio biográfico, les sobrevienen distintas penumbras, causantes del desasosiego existencial que interpela  por el sentido de la vida,  la naturaleza de la realidad o sobre los distintos planos de laesencia del hombre.

Hemos de convenir con Cicerón en que la necedad, sobre todo, la que deriva de la cerrazóndeel tozudo militante, es quizás,  no la única, pero sí  la madre mayor de todos los males del mundo, de tal suerte que puede afirmarse que el profesional del mal, o sea, el malvado, va en inferioridad de condiciones frente al majadero, pues según opinaba Ortega  y Gasset,  el primero descansa en sus tareas de maleficencia, pero el segundo no,  debido a su distintiva infatigabilidad reforzada por la ignorancia supina de la que normalmente está dotado.

En “De poética y poéticas”, el filólogo Lázaro Carreter sugiere que en el marco de la meta-poesía, el pronombre personal “yo” puede funcionar como “tú”, cuando el poeta se dirige reflexivamente a sí mismo, lo que acontece con frecuencia, sobre todo, en los componentes de la Generación del 98. Así, quien fuera un “gran observador de la realidad y de la naturaleza humana”,  el autor de “Platero y yo”,Juan Ramón Jiménez, decía: “Yo no soy yo. / Soy este /que va a mi lado sin yo verlo:/que, a veces, voy a ver, /y que, a veces, olvido”.El monólogo es también  recurrente en el sevillano, Don Antonio Machado, quien refería: “Converso con el hombre que siempre va conmigo, /quien habla solo espera hablar a Dios un día; /mi soliloquio es plática con ese buen amigo / que me enseñó el secreto de la filantropía”.

A poco que se repase someramente la historia de la psicología, obtendremos que las primeras pruebas de inteligencia datan de finales del siglo XIX, andadura que pudo ser iniciada por la escala concebida por Galton, hacia  1884;  siguiéndole la de Binet-Simon, en 1905; modelo éste último del que partieron copiosas variantes, como la  Stanfor-Binet (1916); y un sinfín de prototipos posteriores, muchos de ellos resultantes de la revisión  de estándares precedentes, enfocados las más de las veces a valorar  a ciertos colectivos de personas o  particulares rasgos del psiquismo (actitudes, conductas, …).

Es sabido que el descerebrado ha sido referenciado en todos los tiempos y culturas, bastando remitirse a la parábola de Esopo (s.VI a.C), titulada “El lobo y el busto”, recreada después por muchos autores, entre otros, por fabulista alavésFélix María de Samaniego,  de este tenor: “Dijo la zorra al busto, después de olerlo: -tú cabeza es hermosa, pero sin seso. Como éste hay muchos, que aunque parecen hombres, sólo son bustos”.

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